En la brigada número 13, en las tardes, en su corta hora de descanso, los soldados se reunían en el casino con el fin de apostar las pocas monedas que devengaban cada mes, las pocas o muchas ganancias las disponían generalmente para compra de cigarrillos, o mecatos entre desayuno y almuerzo, o almuerzo y cena.
Existía
allí un soldado raso que se destacaba por su destreza en las apuesta, le
llamaban “el costeño maluco”, pues casi siempre acaparaba los pocos pesos que
sus demás compañeros disponían para el juego, generalmente jugaban a las
cartas, o chicos parciales de parqués, o simplemente jugaban a los dados.
Una
tarde de aquellas, un soldado que guardaba cierta animadversión por su
compañero por la suerte que le acompañaba, quiso hacerle una jugarreta, y buscó
la forma de retarlo para ponerlo en ridículo ante los demás…
-Ven acá coteño maluco-, dijo
el soldado cachaco con un acento particular con el fin de mofarse de su jerga, -a que no te atreves a aceptar un reto que te
tengo-.
¡Joda! Pero si habló el cachaco tullido,
¿vaja retarme tú a mí? ¡Errrrda! ¿Ahora que querrá perder este soldadito de
plomo? ¿Tal vez la virginidad? Frequeate amigo, yo te ayudo con eso y no te
cobro naa, será como desvirgar una burrita.
No costeño, yo no le juego por ese lado,
pero ya que esta de mañoso y le gusta probar las mondá, le apuesto mi almuerzo
de un mes si logra medir la mondá de mi general, eso sí, con pruebas concretas.
Todo
el casino rompió en carcajadas, tanto así que la bulla llamo la atención del
personal de alto rango que por allí pasaba, entre ellos el ¡distinguido
general!, llamó la atención de todos con su presencia y un silencio gélido se
apoderó del recinto.
Con su
porte imponente pasó revista a cada uno de los soldados hasta llegar frente al
soldado que llamaban “costeño maluco” …
¡Soldado! Como siempre debe usted ser el
motivo de semejante guachafita, no me daré a la tarea de averiguar si tengo
razón o no, simplemente lo doy por cierto, lo espero en 10 minutos en mi
oficina, tengo algunos trabajos forzados para usted.
Aquel
soldado cachaco que quiso pasarse de listo con el costeño, no pudo dejar de
percibir cierta mirada libidinosa en el general mientras hablaba al costeño
maluco, al caer en cuenta de la cruda realidad que le esperaba para el próximo
mes, no pudo contener un insulto cariñoso que dejó salir en voz alta a su
compañero ¡Puto suertudo este costeño
maluco!
Andrés B.
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