viernes, 17 de junio de 2022

La mondá de mi general

 

En la brigada número 13, en las tardes, en su corta hora de descanso, los soldados se reunían en el casino con el fin de apostar las pocas monedas que devengaban cada mes, las pocas o muchas ganancias las disponían generalmente para compra de cigarrillos, o mecatos entre desayuno y almuerzo, o almuerzo y cena.

Existía allí un soldado raso que se destacaba por su destreza en las apuesta, le llamaban “el costeño maluco”, pues casi siempre acaparaba los pocos pesos que sus demás compañeros disponían para el juego, generalmente jugaban a las cartas, o chicos parciales de parqués, o simplemente jugaban a los dados.

Una tarde de aquellas, un soldado que guardaba cierta animadversión por su compañero por la suerte que le acompañaba, quiso hacerle una jugarreta, y buscó la forma de retarlo para ponerlo en ridículo ante los demás…

-Ven acá coteño maluco-, dijo el soldado cachaco con un acento particular con el fin de mofarse de su jerga, -a que no te atreves a aceptar un reto que te tengo-.

¡Joda! Pero si habló el cachaco tullido, ¿vaja retarme tú a mí? ¡Errrrda! ¿Ahora que querrá perder este soldadito de plomo? ¿Tal vez la virginidad? Frequeate amigo, yo te ayudo con eso y no te cobro naa, será como desvirgar una burrita.

No costeño, yo no le juego por ese lado, pero ya que esta de mañoso y le gusta probar las mondá, le apuesto mi almuerzo de un mes si logra medir la mondá de mi general, eso sí, con pruebas concretas.

Todo el casino rompió en carcajadas, tanto así que la bulla llamo la atención del personal de alto rango que por allí pasaba, entre ellos el ¡distinguido general!, llamó la atención de todos con su presencia y un silencio gélido se apoderó del recinto.

Con su porte imponente pasó revista a cada uno de los soldados hasta llegar frente al soldado que llamaban “costeño maluco” …

¡Soldado! Como siempre debe usted ser el motivo de semejante guachafita, no me daré a la tarea de averiguar si tengo razón o no, simplemente lo doy por cierto, lo espero en 10 minutos en mi oficina, tengo algunos trabajos forzados para usted.

Aquel soldado cachaco que quiso pasarse de listo con el costeño, no pudo dejar de percibir cierta mirada libidinosa en el general mientras hablaba al costeño maluco, al caer en cuenta de la cruda realidad que le esperaba para el próximo mes, no pudo contener un insulto cariñoso que dejó salir en voz alta a su compañero ¡Puto suertudo este costeño maluco!


Andrés B.

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