sábado, 22 de febrero de 2025

LEFTORIUM

 

Solo sé que mis padres se aterraron y se avergonzaron de mi cuando descubrieron mi defecto, entonces decidieron entregarme al internado, nunca más supe de ellos a pesar de que el rector les había prometido que después de un tiempo yo estaría totalmente curado, supongo que mi hermano no era raro como yo y apostaron todas las cartas a su debida educación, a mi simplemente me olvidaron.

En el internado, cada vez que tomaba el lapicero en mi mano, recibía un fuerte golpe con la regla de madera que parecía la extensión del fuerte brazo del instructor, se  brotaban mis venas, el ardor era insoportable, en ocasiones sangraba. Cada vez que escuchaba su arrogante voz diciendo: “niño estúpido, es con la otra” mis ojos se aguaban y los demás niños se empezaban a reír de mí.

En el comedor no era diferente, yo intentaba hacerlo igual que los demás, pero me era imposible, chorreaba la sopa y todos se burlaban de mí llamándome babosos invertido.

Solamente jugando al fútbol sentía un poco de alivio, pues a los demás niños no les importaba con qué pierna disparara siempre y cuando anotara el gol; en el fondo sabía que lo que hacía era incorrecto, nadie más lo hacía como yo, todos actuaban de diestra manera.

Fueron años sombríos en los que todo y todos me recordaba constantemente que yo era un inútil, terco y totalmente burro e incapaz de hacer las cosas como la gente normal.

El rector y todos los instructores de la institución tomaron una cruel pero firme decisión, concluyeron que la única forma de corregir mi imperfección era erradicándola de raíz, seccionado de mi cuerpo mi mano descarriada y desafortunada.

Ese día fue la muerte para mí, ella era mi todo, pues en secreto, ella y yo hacíamos maravillas, lanzábamos la pelota a distancias que ningún otro niño podía hacerlo, tallaba la madera y pintaba obras de arte que no tenían nada que envidiar a los grandes del renacimiento… pero a partir de ahora, eso quedaría en el olvido, serían solo recuerdos, ahora, estos escasos momentos de alegría y sosiego solo podrían ser en una vida después de la muerte.

Al despertar los vi, un par de ángeles iluminados, el orfanato había desaparecido, tal vez me encontraba en el paraíso, aunque era evidente la amputación de mi extremidad, yo ya no sentía dolor, por el contrario, me sentía confortable, y pasados los días, las semanas y los meses de aquella eternidad, empecé a sentirme dichoso y con un sentimiento indescriptible que muchos describen como amor.

Un día, en el paraíso, otro ángel me visitó, este ángel era especial, era mago, hacía milagros, no sé cómo, pero casi de la nada apareció sobre mi muñón una extensión fácilmente controlable que me permitió ser yo mismo de nuevo, en principio era como afilado, aunque similar a mi otra mano; cada visita de este ángel se convirtió para mí en el momento más esperado, cada vez llegaba él con un nuevo regalo, con un nuevo accesorio para mi diversión, los cuales podía usar para diversas tareas, incluso, ahora podía acariciar.

Sí, tuve que morir para poder vivir, pero valió la pena, ahora soy único, no raro, soy especial, no incapaz o inútil, soy lo que soy y así me aceptaron en el paraíso, ahora vivo en medio de ángeles.

 

Andres B.

No hay comentarios:

Publicar un comentario